Usuario anónimo ¿Quieres tener tu propio blog?
Crear blog gratis en OboLog

Los origenes de la modernidad

por Romen
lunes, 18 de agosto del 2008 a las 21:41

SOBRE TEOLOGIA Y MODERNIDAD*

Julio de Santa Ana, Tomado de la revista Pasos (San José, Costa Rica), N° 14 (1987).

 Usualmente se dice que el comienzo de la Edad Moderna tuvo lugar con la caída de Bizancio en poder de los turcos, en 1453. Parece estar de más abundar en razones que señalan la arbitrariedad de esta demarcación histórica. En realidad, la irrupción de lo "moderno" en la historia ya puede apreciarse desde mucho tiempo antes, al mismo tiempo que la persistencia de lo "medieval" es un hecho incontestable en tendencias sociales, económicas, políticas, culturales y religiosas posteriores a la desaparición del poder imperial de Constantinopla. Las relaciones entre Modernidad y Teología se entretejieron durante todo ese período, en el que indudablemente elementos de la teología medioeval prepararon el camino para el advenimiento de lo moderno, a la vez que otros factores históricos (el surgimiento de la burguesía, el humanismo, el renacimiento, la expansión colonial de varios países de Europa Occidental, la formación del Estado-Nación, etc.) influyeron de modo claro sobre la manera de hacer teología y en su contenido del siglo XVI en adelante. Parece necesario, por lo tanto, tener cuidado de no caer en la trampa que muchas veces nos preparan las arbitrarias distinciones de la historia, que debe considerarse como un continuum antes que como un todo compuesto por partes que se delimitan con facilidad.

Hay otros riesgos que también deben evitarse cuando intentamos reflexionar sobre un tema como el que ha sido propuesto. Uno de ellos es el de la abstracción. Es decir, reducir las grandes corrientes históricas a movimientos de ideas, olvidando que éstas fueron tomando forma y desarrolladas por seres históricos concretos, condicionados. Este peligro es aquel frente al que con mayor frecuencia han sucumbido los pensadores occidentales que han abordado el tema de la irrupción de la modernidad en la historia. Eso los llevó muchas veces a lo moderno a través de tipos ideales (a la manera de Max Weber). La modernidad se reduce entonces a una dinámica de dejar de lado el análisis de hechos particulares y a considerar tendencias intelectuales, y se deja de tomar en cuenta la relación de las ideas modernas con las clases sociales y las condiciones económicas que crearon el espacio para que tuvieran lugar.

Además, cuando se mira a la historia como una sucesión de etapas que van desde la antigüedad clásica, pasando por la Edad Media, luego los tiempos modernos y así llegar a la Época Contemporánea, nos vemos inducidos a caer en dos errores que han demostrado ser funestos. Uno consiste en creer que el contenido de la historia universal está dado por la evolución de Occidente. El provincianismo de los pueblos europeos ha quedado demostrado tanto por su etnocentrismo como por su pretensión de dar un contenido universal a lo que es su particularidad intransferible. Se deja de ver entonces que la cultura occidental es sólo la que expresaron los poderes dominantes a partir de fines del siglo XVI. Una cultura dominante, por muy bien consolidada que sea, no deja de ser una cultura particular, y por lo tanto, altamente condicionada. Forma parte de la historia universal, pero no puede dar por sí sola la substancia al devenir de todas las sociedades humanas con sus culturas particulares. El otro error radica en aceptar las creencias y los mitos que influyen a quienes sostienen esas posiciones. En el caso de los pueblos occidentales y su pretensión de orientar la marcha de todos los otros pueblos del mundo, hay que tener en cuenta constantemente que la sucesión de etapas históricas ya mencionadas (antigüedad clásica, medioevo, modernidad, tiempos contemporáneos) conlleva implícita y acríticamente la creencia mítica de que ése es el camino histórico para poder alcanzar el progreso social y cultural.

En este caso se propone a la cultura occidental -a través de sus diferentes momentos- como una cultura paradigmática, frente a la que otras expresiones del quehacer humano quedan desvalorizadas. Vale la pena resaltar este peligro, por- que muchos teólogos (y no sólo entre los de Occidente) han afirmado fuertemente esta convicción, que de hecho no tiene fundamento. Claro, no es posible negar que la cultura de Occidente -según ya fue indicado- es la de quienes han dominado el mundo durante los últimos cinco siglos. Pero esto no da patente de superioridad cultural. Para muchos pueblos no-occidentales, la llegada de los europeos hasta los espacios en donde se desarrollaban sus propias culturas, sólo puede comprenderse como una extensión de las invasiones bárbaras que marcaron la historia de Occidente entre los siglos IV y V dC. Los tiempos modernos son parte de un período reciente en la historia de la humanidad, y aún no está demostrado que lo que ocurrió hace poco es superior a lo que lo precedió. Del mismo modo, no se puede llegar a afirmar lo contrario; de hecho, no hay ninguna razón basada en la evidencia científica que permita afirmar "que todo tiempo pasado fue mejor". Lo que se está intentando decir con esto es simplemente que el mito del progreso humano, intrínseco a la cultura moderna, no tiene un fundamento histórico concreto. Es solamente eso: una creencia afirmada por ciertos pueblos a partir de su posición de dominación.

Resumiendo, la consideración de este tema nos obliga a trabajar sobre lo concreto. Las grandes síntesis, por muy fascinantes que puedan ser, nos hacen correr el grave riesgo de apartarnos de la realidad, invitándonos a movernos sólo en el plano de las ideas. De este modo, es muy fácil caer en la trampa que consiste en ver la realidad sólo con ojos de los dominadores. La modernidad no es sólo un proceso que alcanzó a los pueblos europeos. También tuvo sus consecuencias sobre los indoamericanos, sobre los africanos que fueron víctimas del tráfico negrero. Modernidad no es meramente el desarrollo de la ciencia; también involucro contingentes sociales que irrumpieron en la historia a través de la revolución industrial. 0, diciéndolo de otro modo: la modernidad tiene dos faces (por lo menos). No debe olvidarse su ambigüedad propia. Hay que cuidarse del hechizo que ejerce siempre el lado del dominador. Hay que evitar quedar deslumbrados por el brillo del poder.

LOS ORÍGENES DE LA MODERNIDAD

Es necesario repetirlo: fundamentalmente, la irrupción de lo moderno en la historia es un hecho que concierne a los pueblos europeos. A partir de su irradiación -por medios de conquista militar y de dominación colonial- llega a influir sobre los pueblos del resto del planeta. En Europa, esa historia más reciente fue tomando forma a partir de la profunda crisis que sacudió por varios siglos al Occidente. Es posible decir que el momento más importante de la Edad Media tuvo lugar durante el siglo XIII. A partir de mediados del siglo XIV ya son visibles los elementos históricos que desencadenarán esa situación contradictoria que conducirá a un giro de la vida europea en el nivel económico, en lo social, en lo religioso, en el político, en el cultural, etc.[1]

En primer lugar, irrumpe un nuevo agente social. la burguesía[2] El dinamismo adquirido por la economía de Europa occidental durante el siglo XII condujo a una mayor actividad de producción y a un comercio más activo. Se multiplicaron los lugares de ferias y mercados[3] El dinero, que casi había desaparecido durante el largo período que transcurrió desde fines del siglo VI hasta el siglo XI, volvió a circular. Pudo ser atesorado. Permitió gradualmente la compra de medios de producción y el surgimiento de nuevos oficios: corredor de cambios, agente de cambios, y sobre todo, la creación de bancos.[4] Algunas familias de banqueros llegaron incluso a conquistar posiciones de gobierno en sus propios burgos. El ejemplo más notorio fue el de los Medicis, en Florencia. 0 sea, lo moderno es algo que aparece en la historia de Occidente junto con una nueva clase social, cuya identidad no puede caracterizarse sólo por el hecho de estar inscrita en los registros de ciudadanía de las ciudades nacientes a partir del siglo XIII en adelante.

Esa nueva clase social se ligó estrechamente a una nueva manera de encarar la reproducción de la vida y la acumulación de la riqueza. Durante muchos siglos, el elemento económico dominante fue la propiedad de la tierra y la posesión de siervos y vasallos por parte de los señores feudales. Con la irrupción de la burguesía comenzó un proceso gradual de transformaciones económicas, a través del que la industria adquirió cada vez más importancia, y en el que el dinero se transformó en un valor de cambio al mismo tiempo que adquirió el poder de adquirir medios de producción y también posiciones de importancia social. La acumulación de riqueza dejó de traducirse sólo mediante la posesión de la tierra y la dominación de vasallos y siervos. Comenzó a medirse también a través de la acumulación de capital. El mercado pasó a ser una nueva realidad en el plano económico. La apropiación del excedente que toda la sociedad consigue crear a través del proceso de reproducción de la vida, ya no fue sólo el resultado de actividades de conquista y de guerra. En efecto, el control de los mecanismos del mercado permitió llegar a acumular más dinero, y a través de la inversión de éste, a aumentar el capital.

La nobleza de tierra, incluso los monarcas, comenzaron a tener necesidad del metal. Los teólogos tradicionales condenaron el comercio de la moneda, atacando la aplicación de tasas de interés que los banqueros justificaban en virtud del costo del uso del dinero y de sus servicios. Fue la denuncia de la usura. Ya se puede percibir en torno a esta situación una gradual pérdida de influencia por parte de las autoridades eclesiásticas (!muchas de ellas también necesitadas de dinero!) y de los teólogos. A pesar de sus argumentos y de sus amonestaciones, el nuevo modo de producción se fue expandiendo. Y también transformando gradualmente la vida social.

Estas transformaciones repercutieron en otros niveles de la existencia europea durante los siglos XIV y XV. Uno de ellos fue el político. Comenzaron a surgir los estados nacionales. Se comenzó a descalificar la pretensión del poder pontifical de controlar el Imperio Romano-Germánico, tanto en los hechos como a nivel ideológico, y este proceso se vio acelerado por la división del pontificado en Occidente. Se creó entonces la oportunidad para que algunos soberanos tuviesen una cierta autonomía frente al poder de los Papas. En el plano ideológico, el Defensor Pacis, de Marsilio de Padua, marca el intento legitimador de esta nueva tendencia, decididamente moderna. El poder comenzó a concentrarse en las manos del príncipe, personaje secular par excellence.[5]

Las innovaciones ideológicas no se detuvieron en ese punto. A través de las modificaciones en el campo artístico es posible apreciar cómo la autonomía del uso de la razón que ya se percibe en la manera según la cual Santo Tomás de Aquino organizara su pensamiento, comienza a influir en otros aspectos de la vida cultural. Por ejemplo, de modo gradual, desaparece el uso del dorado (color que denotaba la referencia a lo trascendente y a una visión mística de la realidad), y comenzó a darse una mayor importancia a lo cotidiano. Este movimiento, que tuvo lugar a lo largo de dos siglos por lo menos, triunfa definitivamente con los pintores flamencos, maestros que expusieron las bellezas de la vida cotidiana.

Por supuesto, el impacto de la tradición oriental cuyos representantes, para escapar a la amenaza otomana, se trasladaron desde el mundo bizantino hacia el latino, llevando consigo grandes tesoros culturales- se hizo sentir especialmente a través del movimiento humanista. El interés por las lenguas clásicas, especialmente el hebreo y el griego, se desarrolló al mismo tiempo que se advertía una pérdida de interés por el latín. Gradualmente también comenzaron a desarrollarse las lenguas vernáculas. El mayor impulso vino de Italia, pero tuvo también su manifestación en otros países- François Villon, en Francia; Chaucer, en Inglaterra, acompañaron al Petrarca y a sus continuadores italianos.[6]

La irrupción de lo moderno se dio en muchas otras formas:  el espíritu aventurero de los pueblos ibéricos fue una de ellas. En Alemania plasmó el espíritu de la reforma religiosa (¿podemos realmente considerarla moderna? ¿no se trataba acaso de una manifestación ambigua, que combinaba elementos medioevales con otros más renovadores? No hay que olvidar que Lutero polemizó ásperamente con Erasmo, oponiéndose a las ideas de éste en su De Libero Arbitrio. Las posiciones del humanista de Rotterdam eran realmente "modernas" en tanto que las del reformador alemán daban una preeminencia evidente a Dios. En la tensión creada entre Dios y el hombre por los intelectuales del siglo XVI, entre las reminiscencias de las tendencias medioevales y las innovaciones del pensamiento moderno, Lutero se sitúa claramente como defensor de las primeras. No obstante, en el desarrollo de su pensamiento hay un reconocimiento claro, también, de los elementos de la modernidad).[7]

Todo esto indica que la crisis histórica que sacudió la vida de Europa occidental a partir del siglo XIII, se fue definiendo poco a poco a medida que los nuevos agentes históricos (principalmente la burguesía) lograban forjar una hegemonía cultural que desplazaba a quienes tuvieron el control de la situación durante los siglos del así llamado Medioevo. Esta hegemonía correspondió a nuevas condiciones sociales, al desarrollo de nuevos modelos económicos, a una nueva concepción de la educación (en la que el libro desempeñó un papel preponderante). A partir de estas tendencias tomó forma eso que hoy llamamos "modernidad".

QUÉ ES LA MODERNIDAD

Sería un grave error afirmar que en el proceso de su irrupción histórica, la modernidad ya estaba completamente definida. En realidad, sus características fundamentales se fueron definiendo a lo largo de un período bastante extenso, Algunas de ellas eran prácticamente insospechadas para los mejores exponentes del espíritu moderno durante el siglo XVI.

Sin embargo, al concretarse fueron expresiones de tendencias incontestadas del proceso moderno. En las reflexiones que siguen a continuación se mencionarán algunas de esas manifestaciones.

En primer lugar, un rasgo inequívoco de los tiempos "recientes" ha sido el intento de conquista y dominación del tiempo y del espacio. Es cierto que el proceso de conquista del espacio fue diferente del que marca el intento de dominio del tiempo. Hay una gran diferencia entre los viajeros de los tiempos de la Grecia clásica y de los que recorrían el Mediterráneo en la época de los escritos del Nuevo Testamento. Los antiguos viajaban para conocer otros pueblos, a veces para comerciar. Al encontrarse con otras gentes intercambiaban experiencias y agradecían con nobleza la hospitalidad recibida. Cuando mucho cargaban en sus alforjas comida para el resto del camino, y sobre todo la memoria enriquecida por el valor de nuevos hallazgos. Los hombres modernos, en cambio, son muy distintos. Señala Augusto Serrano en un trabajo inédito: "son diferentes. Como si el ancho mundo hubiese estado esperándolos desde siempre, irrumpen altaneros desde un ámbito externo y vienen ya provistos de títulos de propiedad. En primer lugar, y por el solo hecho de arribar, toman posesión de la tierra "descubierta" y, en segundo lugar, se lee a los "descubiertos" el "requerimiento" conminándolos a que acepten Dios, Papa y Rey so pena de hacerles la guerra a sangre y fuego".[8]

0 sea, para los modernos, descubrir, ha sido sobre todo conquistar espacios y, a partir de eso, dominar a sus habitantes. Los lugares de los que se toma posesión, los que según su concepción eran "descubiertos" por ellos, reciben un nuevo nombre (en portugués, o en español, o en inglés, o en francés, etc.).

Este movimiento de expansión y conquista a partir de Europa Occidental, fue llevado a cabo en primer término por navegantes y aventureros que partieron de la península ibérica. Pero, en realidad, toda Europa participó en esta empresa. Fue un proyecto de dominación que benefició tanto a los monarcas, como a la nobleza, a las autoridades eclesiásticas y sobre todo a la burguesía. Dominar el espacio, ponerle nombres occidentales a los lugares a los que se llegaba, es algo que muestra la índole profundamente occidental de los tiempos modernos. Fue un proceso de explotación y de pillaje. Testimonio de ello son los tesoros acumulados por el Occidente en sus museos, donde pueden observarse objetos que fueron literalmente robados de muchas partes del mundo.

Este intento de dominación del espacio, como no podía ser de otra manera, se acompañó (aunque con resultados menores) por otro de conquista de tiempo. El mismo se dio de dos maneras: por un lado, a través del desarrollo de una conciencia histórica que da al hombre y a la mujer modernos un sentimiento de ser herederos irrefutables de los seres humanos de la época clásica. 0 sea, el moderno es quien continúa el linaje de aquellos que pusieron las bases del Occidente: los hebreos y los griegos de la antigüedad. El intento de conquistar el tiempo dio como resultado un claro sentido de la historia. En esto, ciertamente, el moderno se aproximó a los hebreos y se alejó de los griegos (entre quienes, como se sabe, predominó una concepción cíclica del tiempo). El ser humano moderno piensa en sí mismo como siendo alguien con trayectoria histórica. Su conciencia es una conciencia histórica: echa sus raíces en un pasado determinado, actúa en el presente con un sentido de eficacia transformadora, y se proyecta hacia el futuro con un cierto plan, procurando concretar una cierta visión, un objetivo histórico.

Por otro lado, esta conquista del tiempo lo lleva a calcular y a prever el futuro. Max Weber lo ha hecho notar, indicando que es uno de los rasgos más característicos de la mentalidad capitalista, burguesa.[9] A partir de los datos que ofrece el libro de contabilidad, es posible discernir modos de operación en el campo de la producción y en el de las actividades comerciales, que ayudan a asegurarse el futuro. 0 sea, conquistar el tiempo desconocido. Esta dominación de lo ignoto se basa en el poder de control del tiempo presente, que no se puede perder. Como dijera Benjamín Franklin: "el tiempo es oro".[10]

Para el burgués occidental, caracterizado por su adhesión al protestantismo real (aunque se confiese católico), perder tiempo es el peor de todos los pecados. La utilización del tiempo actual permite disponer del futuro. Robert Mandrou cita del Discurso Económico del Sr. Le Choyselat un claro ejemplo de esta disposición del tiempo futuro en base al buen uso del tiempo presente: "De quinientas libras bien empleadas una vez se puede sacar al año cuatro mil quinientas de provecho honrado. La receta es simple y bastante notable.. alquilar cerca de París una casa o un establo y unas medidas de tierra, construir gallineros, comprar 1.200 gallinas y 120 gallos (costo de las aves: 348 libras); las 1.200 gallinas producen 800 huevos diarios, vendidos en París con ayuda de los regatones y médicos. El huevo vendido a 6 denarios, el producto bruto será de 7.300 libras por año, o sea, deduciendo los gastos 4.500 libras".[11]Este tipo de mentalidad, calculadora, previsora, que busca ante todo el beneficio y la seguridad es totalmente diferente de la que predominó en la Edad Media. Estamos lejos del misticismo medioeval, del ardor de la caballería, de la generosidad de vida que caracterizaba toda la cultura medieval.

En segundo lugar, debe quedar claro que esta conquista del espacio y del tiempo necesitó inevitablemente un fundamento científico. Fue así que surgió una nueva ciencia, afirmada ante el aristotelismo tomista dominante de los últimos siglos de la Edad Media de modo polémico y beligerante y que se nutrió de la fe de mártires que jugaron sus vidas en defensa de sus convicciones. Esta nueva ciencia ya está presente en Copérnico. Pero es con Galileo que adquiere sus derechos, para pasar a ser dominante con Descartes. Dada la necesidad de la conquista del espacio, esta nueva ciencia se concreta en su aplicación a la física. La razón en la que se apoya es la de las matemáticas. La observación de los hechos pasa por el tamiz de la cuantificación. Y a través de ésta es posible llegar a la formulación de leyes, verificables no sólo desde un punto de vista empírico, sino sobre todo matemático. En esto, precisamente, consiste el gran paso del método científico de Galileo: aplicar a la materia, a la física, criterios cuantificables en base a la observación empírica. Antonio Banfi dice que se trata de "la arquimedización de la física", pues este procedimiento tiene su antecedente en los geómetras griegos y de manera particular en Arquímedes y en Apolonio de Pérgamo. "Con Galileo se lleva a cabo el paso hacia el estudio de los fenómenos físicos: el procedimiento geométrico asume una función metodológica verdadera y universal. El método geométrico da a la investigación galileana un sentido de armonía íntima, de concreción intuitiva, de extrema claridad. No obstante, le impone también un límite que sólo el uso del análisis podrá superar. De manera continua, Galileo se enfrenta a problemas que para ser definidos requieren la aplicación de un método matemático más sutil que él no poseía...[12]

Es precisamente en este punto que Descartes va a completar a Galileo. La res extensa no sólo puede conocerse a través de elementos geométricos, sino también por intermedio del análisis matemático, Y, lo que es aún más importante, los mismos principios metodológicos pueden aplicarse al conocimiento de la res pensante. La conquista del espacio y del tiempo que procura el ser moderno necesita de esta "nueva ciencia". Debe tenerse en cuenta que la misma no es neutral. Es un conocimiento al servicio de quienes tienen poder real. Quienes se oponen a la misma pueden llevar a los nuevos científicos a la hoguera de la inquisición, o al silencio, o al exilio. No importa. Ese no es el poder que cuenta. El verdadero poder es aquel que usa de los conocimientos y los métodos de la nueva ciencia para ampliar su dominación sobre la naturaleza y la historia. Las matemáticas surgen como el instrumento universal para llegar a este dominio. Pero hay que tener en cuenta que es solamente el instrumento. Más importante es reconocer al sujeto social que lo utiliza y que no es otro que la burguesía. La Edad Moderna culminará cuando ese sujeto social complete su obra revolucionaria, hacia fines del siglo XVIII, con la Revolución Norteamericana y posteriormente con la Revolución Francesa.

Esto significa, en tercer lugar, que gracias a la aplicación del instrumento matemático por medio del método cuyos fundamentos fueron proporcionados por Galileo y afinados por Descartes, el universo pierde su encanto.[13] Ya no hay misterios. Así como las matemáticas permiten llegar a los cuatro rincones del globo, descubrir leyes esenciales de la existencia física, la extrapolación de los principios metodológicos de la nueva ciencia a otros campos del saber humano (a la filosofía con Leibniz y Wolf, a la historia con Vico y Herder, a la política con Spinoza) llega a ser un factor decisivo para dar un impulso irresistible al proceso de secularización. Poco a poco, Dios comienza a quedar en el fondo del paisaje.

Aquí conviene recordar lo dicho al comienzo de estas páginas: las rupturas históricas no se producen abruptamente. Son procesos que se desarrollan a lo largo de muchos años, incluso de varios siglos. Para alcanzar el punto al que se llegó gracias a las propuestas de Galileo y Descartes, fue necesario primeramente un esfuerzo en favor de la autonomía de la razón. Éste tiene en Occidente su antecedente -¡paradójicamente!- en el pensamiento aristotélico. A través de éste y de su influencia sobre Santo Tomás de Aquino llegó a expresarse en Occidente.

Sería miope dejar de ver que el proceso de secularización tiene su vertiente más importante en la esfera política. Existe la tendencia a considerar la secularización sólo corno un proceso filosófico, consecuencia del cual sería la ciencia moderna.

Al hacer así se desvincula todo ese proceso de las luchas históricas concretas, de las luchas sociales a través de las cuales la burguesía disputó palmo a palmo, paso a paso, el poder a la nobleza. Ésta aún continuaba en el poder. Y para ello, necesitaba de los recursos burgueses. La nobleza de tierra fue perdiendo preponderancia. La nobleza de corte pasó a tener más influencia. Pero el verdadero poder, basado en el manejo de la riqueza, la acumulación del dinero y la propiedad del capital, estaba en manos de la burguesía. Sin embargo, el poder político escapaba a su control. Las revoluciones inglesas del siglo XVII, así como la revolución holandesa, fueron indicaciones inequívocas del poder ascendente de la burguesía. Para defenderse, las monarquías occidentales y las noblezas a ellas asociadas, buscaron apoyos ideológicos que legitimaran sus anhelos de dominación perpetua. Esas bases legitimadoras fueron provistas por el pensamiento religioso. Por ejemplo, se afirmaba que el derecho de los reyes era de origen divino.

Fue contra esta situación que Spinoza dirigió sus armas ideológicas en su célebre Tratado Teológico Político, publicado anónimamente en 1670. La aplicación del método de Galileo y de Descartes a otros planos de la realidad, más allá de la física, permitió a Spinoza afirmar que no existe algo que pueda ser considerado como un derecho "divino". En realidad, sólo el derecho natural es necesario. La naturaleza y sus cosas, según Spinoza, no tienen en sí mismas el principio de su existencia y de su conservación. Ese principio es Dios mismo. Pero hablar de Dios es hablar también de la naturaleza. Spinoza, en su lucha contra el despotismo que intentaba fundamentarse en principios religiosos, llega a la secularización radical. Intentando definir el derecho natural, señala: "Por derecho e institución de la naturaleza no entiendo otra cosa sino las propias reglas de la naturaleza en cada individuo, según las cuales lo concebimos naturalmente determinado para existir y obrar de un cierto modo", a lo que agrega posteriormente que "la naturaleza absolutamente considerada tiene sumo derecho sobre todo lo que puede, esto es, el derecho de la naturaleza se extiende hasta donde se extiende su poder". Lo que significa, de hecho, que según él, la potencia de la naturaleza se identifica con la potencia de Dios.[14]

A diferencia de Hobbes, que consideraba que el derecho del Estado puede llegar a ser absoluto, y por lo tanto ilimitado, Spinoza entiende que el Estado debe conformarse a las leyes de su propia naturaleza. En otras palabras: el Estado está sometido a leyes tal como lo está el hombre natural: en el sentido de que está obligado a no destruirse a sí mismo. El fin del Estado, pues, es la paz y la seguridad de la vida. Ésta es la ley del Estado. No busca la seguridad de un orden basado en elementos teológicos, sino en las leyes de la naturaleza. Éstas garantizan la libertad del ser humano que se concreta en la adecuación de la persona a las de la naturaleza. Ir contra éstas es cometer suicidio, perder la libertad. La fe es obediencia a las leyes de Dios, entiéndase a la naturaleza. La libertad es el reconocimiento de la necesidad.

El sistema filosófico de Spinoza entiende a Dios como un sistema geométrico e infalible (se trata de la naturaleza y de sus leyes). Este sistema filosófico, que representa inequívocamente los intereses de la burguesía occidental en el siglo XVII, siguiendo en la tradición de Galileo y Descartes, tiene un claro carácter geométrico. Y, como lo señala Husserl en su clásico libro La crisis de las ciencias europeas, "La geometría vale como apodíctica; pero la geometría no se pregunta si existen cuerpos objetivos que corresponden a las formas que de los mismos se delinean idealmente. Y así de manera general. Lo que debe valer para todo es lo que es puramente a priori".[15]0 sea, del mismo modo que el idealismo fue la filosofía (ideología) de los filósofos griegos, representantes de una clase de amos y señores que explotaban a los esclavos mientras hacían filosofía, también los filósofos modernos no se plantearon las bases objetivas de su situación en el mundo. La conciencia del filósofo, como lo percibe Husserl es siempre "conciencia de".[16]

Infelizmente, Husserl tampoco llegó a percibir que no es sólo conciencia de un mundo dado, de una circunstancia inerte, sino sobre todo de una situación social, de una condición de ser en la sociedad. La conciencia burguesa fue adquiriendo, poco a poco, la certeza de su dominación: primero sobre el espacio, luego, sobre el tiempo. No llegó a ver que ambos dominios significaban que algunos tienen más poder que otros. Es una conciencia de dominación.

Por eso, en cuarto lugar, otra característica del ser moderno, fue su conciencia de autonomía. Es necesario insistir en que sólo los dominadores tienen esta conciencia. Kant la tradujo notablemente en conceptos en su famosa disertación Was is die Aufklärung? La ilustración consistió precisamente en la razón liberada, conquistando distancias y períodos. El espíritu moderno puede entonces caracterizarse como fáustico: intentó trascender espacio y tiempo. Pero se trata de la autonomía del burgués. 0, dicho de otra manera, dado que la burguesía no conoce más que las leyes naturales, se trata de la ley de la selva. El burgués no conoce la solidaridad. Afirma la individualidad por encima de todas las cosas. En religión no le preocupa la salvación de los otros, sino la suya propia. Y ella tiene que reflejarse mediante su propio éxito, ya en esta vida. De ahí la necesidad de la afirmación de su autonomía.

En el texto ya indicado, Kant la define como "la superación del ser humano de su estado de "inmadurez", en la medida que llega a ser responsable de sí mismo. Esto es, capaz de utilizar su razón sin una guía ajena, o una autoridad que es exterior a sí mismo". Para alcanzar este desarrollo es necesario el ejercicio de la responsabilidad, o sea una capacidad propia para responder a los desafíos que se nos presentan en la vida. El ser humano -mejor dicho, el burgués, dado que éste es el sujeto social de la modernidad- se manifiesta como un ser con iniciativa propia, lo que lo constituye en consecuencia en un ser altamente contradictorio, dado que de un modo u otro, sus iniciativas van a chocar con las de los demás. Karl Marx percibió esto con toda claridad un siglo después de Kant, al afirmar que la burguesía no puede existir sin afirmarse constantemente a través de contradicciones sucesivas.

Este carácter contradictorio nos conduce a la quinta característica de la modernidad: así como ella encuentra en la burguesía su expresión más abierta a nivel de la práctica del poder, tiene en la creación del proletariado otra expresión fundamental. En efecto, no hay que olvidar que durante los tiempos modernos se produce la revolución industrial. El modo de producción capitalista se desarrolló de tal manera que llegó a la producción de series de manufacturas a través de una tecnología maquinista. Fue en tiempos de la revolución industrial que comenzó a emplearse la palabra "capitalista", desconocida hasta el siglo XVIII. Ahora bien, entendiendo las realidades sociales de manera dinámica, percibimos inmediatamente que frente a los poseedores de capital están quienes sólo tienen para vender su fuerza de trabajo. Son los obreros.

Del mismo modo que durante la Edad Media se gestaron las fuerzas que condujeron a la modernidad, en la evolución de esta última se manifiestan los agentes que conducen a través de la historia a su superación. No sólo la burguesía es moderna. También lo es el proletariado. Y en la dialéctica social que se establece entre ambas clases contradictorias se encuentra el dinamismo que conduce a la culminación de los tiempos modernos en una serie de revoluciones, aún inacabadas.

La modernidad es eso: noche y día, dominación y liberación que se entrelazan, burgueses y proletarios, autonomía de la razón que se transforma en despotismo del orden constituído, Dios que se pierde en la inmanencia de la naturaleza, ciencia que no cuestiona sus axiomas fundamentales, autonomía del ser humano que lo induce imperceptiblemente a querer transformarse en un superhombre, muerte de Dios y orfandad del individuo, lucha por la liberación que desemboca en los campos de concentración de Auschwitz...


[1] Georges de Lagarde: La Naisance de I'esprit laique au Moyen Age. Bruxelles; 1944

[2]  Bernard Groethuysen: Le origini dello borghese in Francia. Milano: ed. I Gabbiani, 1964

[3] Cf. Amedeo Molnar et Jean Gonnet: Les Vaudois au Moyen Age, Torino: ed. Claudiana, 1974, vol. 1, pp. 18 ss.

[4] Robert Mandrou: Introducción a la Francia Moderna. México, ed. UTEHA, 1962 , pp. 110-110; 154-165.

[5] Georges de Lagarde: op. cit.

[6]  René Schneider et Gustave Cohen: La formación del ideal moderno en el arte de Occidente. México: ed. UTEHA, 1958.

[7]  Cf. la tesis inédita para obtener la licenciatura en teología de José Míguez Bonino. Dios y el hombre en el siglo XVI. Buenos Aires, 1950.

[8] Augusto Serrano: El dominio del tiempo (Para una teoría del poder político a partir de la teoría del valor). Tegucigalpa, 1985, p. 1

[9] Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Sao Paulo, ed. Pioneira, 1983, pp. 28-51.

[10] Ibid. pp. 29-31.

[11]  Robert Mandrou: op. cit. P. 155.

[12] 12 Antonio Banfi: Galileo Galilei. Milano: Il Saggiatore, 1961, p. 328.

[13] Edmundo Husserl: La crisi delle scienze europee e la fenomenologia trascendentale, Milano: Il Saggiatore; 1961, pp. 424-425.

[14] Spinoza, TractatusTheologicus Politicus, p. l6

[15] Edmund Husserl: op. cit.

[16] Ibid. pp. 273-274

Relacionados con Los origenes de la modernidad

Deja tu comentario sobre Los origenes de la modernidad

Deja tu comentario
Necesitas tener javascript activado para poder dejar comentarios

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

De esta forma, además, podrás mostrar tu imagen en los comentarios y no tendrás que rellenar tus datos cada vez.

Sobre esta anotación

Romen

Romen escribió esta anotación hace 1 año. En ella habla sobre Filosofia Moderna y Modernidad.

Aún no hay ningún comentario.

Tu podrías dejar el primero.

Login

Suscripción

Suscríbete al Feed RSS XML

También puedes suscribirte directamente con alguno de los siguientes enlaces:

  • Suscríbete en Bloglines
  • Suscríbete en Google